
Alejandro Valverde García
La trilogía trágica de Cacoyannis asombra por el realismo con el que está concebida y representada la acción dramática. Ése es el verdadero sello del director. En las tres destacan las interpretaciones magníficas de las actrices (los hombres están siempre en un segundo plano), las bandas sonoras de Mikis Theodorakis y una austeridad y estilización máxima tanto en vestuario como en decorados (preferentemente exteriores reales). El tema fundamental es la denuncia de la violencia en todos los ámbitos posibles, desde el doméstico o familiar (“Electra” e “Ifigenia”) hasta el público, donde siempre prevalecen los intereses políticos y, sobre todo, comerciales (“Las troyanas” y también “Ifigenia”).
La primera adaptación que Cacoyannis pretendió rodar fue la de “Ifigenia”, que, cronológicamente es la primera, ya que narra los preparativos de la expedición militar de los reyes hermanos Agamenón y Menelao contra Troya para recuperar a la pérfida Helena, mujer del segundo, que ha sido supuestamente raptada por Paris. El problema es que la diosa Ártemis se ha enfadado y no va a haber vientos propicios hasta que Agamenón sacrifique a su hija primogénita en la costa de Áulide. Así termina haciéndolo y su mujer, Clitemnestra, promete vengar este homicidio. Luego vendría la acción de “Las troyanas”, en la que, una vez acabada la guerra de Troya, Eurípides se pone del lado de los vencidos, lo cual sonaría en las gradas del teatro de Atenas poco menos que a insulto contra el orgullo nacional. Aquí las protagonistas son claramente las mujeres troyanas. La reina Hécuba (viuda de Príamo) tendrá que servir como esclava a partir de ahora al astuto Ulises; a su hija Casandra, sacerdotisa del dios Apolo, se la llevará Agamenón para que se ocupe de las tareas domésticas en su palacio de Micenas, incluido el lecho; por su parte, Andrómaca (viuda del gran Héctor) no sólo será esclava del hijo del asesino de su marido sino que, además, le arrebatan a su propio hijo y lo tiran desde las murallas de la humeante ciudad para que no quede ningún descendiente troyano de sangre real capaz de resucitarla algún día de las cenizas. En tercer y último lugar vendría “Electra”, donde vemos a Clitemnestra esperando ansiosa la llegada de su marido Agamenón para devolverle el favor y cargárselo con ayuda de su amante Egisto. Por su parte, como mala madre, expulsa del palacio a sus hijos, los pequeños Orestes y Electra, los cuales, ya creciditos, se encargarán de vengar la muerte de su padre asesinando primero a Egisto y, a continuación, a su propia madre. Ahí quedaría cerrado el ciclo de odio y venganza que el director quería desarrollar, dándole a su trilogía una unidad temática consistente. Pero, viendo que no era el momento más adecuado por distintos motivos (seguramente políticos) de empezar por la comprometida “Ifigenia”, el proyecto se aplazó y Cacoyannis empezó a escribir el guión de “Electra”.

Según algunos de los filólogos clásicos más prestigiosos del momento, el nuevo texto de la película –lógicamente en griego moderno- no tenía nada que envidiar al original de Eurípides y, según los críticos de cine, Cacoyannis había conseguido crear una verdadera obra de arte usando magistralmente todos los mecanismos necesarios para traducir el lenguaje verbal al lenguaje cinematográfico. El resultado fue que los espectadores salían de las salas de proyección impresionados y la película resultó premiada en prácticamente todos los festivales internacionales de cine más importantes aquel año. Hay que tener en cuenta, además, que el público estaba un poco cansado a esas alturas de tanto “peplum” -y de tan mal gusto- que lo único que hacía era desfigurar de tal modo los antiguos mitos griegos que cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia. En “Electra” el efecto de catarsis del antiguo drama ático permanecía latente. Incluso en el trabajo del equipo de rodaje. En concreto, Irene se implicó no sólo en la interpretación de una Electra completamente creíble, bordando escenas como la del enfrentamiento cara a cara entre madre (Aleka Katseli) e hija, sino que a diario revisaba cada plano que se filmaba y daba a Cacoyannis su propia opinión sobre el montaje definitivo. Esto le costó el que enfermase al finalizar la empresa.

Casi diez años tardó en rodarse la segunda parte de esta trilogía, pero aquí se debía a problemas económicos y políticos muy serios. De hecho, parte del equipo de “Electra” tuvo que abandonar Grecia en 1967 debido a la dictadura de los coroneles. Otros murieron asesinados, como le ocurrió a la actriz Kitty Arseni, que era una de las componentes del coro de mujeres de Micenas en el film. Así que, con este telón de fondo, Cacoyannis se traslada, en su búsqueda de exteriores, hasta llegar a nuestra Sigüenza (Guadalajara) y monta sus ruinas troyanas a la española. El papel principal, el de la reina Hécuba, se lo ofrece a Katharine Hepburn (con la que no se dio la cosa todo lo bien que se esperaba, por constantes desavenencias con el director), el de Andrómaca (el más apetecible de todos por su gran carga dramática) a Vanessa Redgrave y el de la demente Casandra a Geneviève Bujold. A Irene le reservó el rol de Helena, a pesar de que en un principio ella contaba con hacer la Andrómaca. Y Cacoyannis no se equivocó tampoco esta vez. Basta con ver qué Helena pretendía mostrar al público: por un lado atractiva y seductora, pero, por otro lado, tremendamente soberbia y desvergonzada, falsa hasta la médula, odiada por todas las troyanas y deseada por todos los griegos. El debate casi judicial entre Helena y Hécuba al final de la película vuelve a funcionar, permitiéndole a la Hepburn y a la Papas demostrar su talento. El cruce de miradas asesinas que se echan la una a la otra es también parte de la interpretación, porque ambas se admiraban profundamente y eran grandes amigas. El resultado de esta nueva incursión en las tragedias de Eurípides fue una película digna, con actuaciones memorables por parte de las cuatro actrices principales, que transmite perfectamente el abatimiento, la angustia, la impotencia y la desolación de todo conflicto armado. No logró el éxito de taquilla de “Electra”, ni mucho menos. Pero tampoco a Eurípides lo aclamaron cuando se atrevió a representarla. Todo lo contrario: el abucheo debió ser mayúsculo.

En 1977, de vueltas a suelo griego y finalizado el éxodo forzoso de los intelectuales que resultaban incómodos al régimen dictatorial por sus ideales más o menos comunistas (Mikis Theodorakis a la cabeza), se pudo rodar por fin, con cierto margen de presupuesto, la “Ifigenia”. Cacoyannis volvió a requerir la colaboración de este compositor (y buen amigo) para crear la banda sonora y Theodorakis lo hizo con sumo gusto. Es más, ha confesado que es el trabajo que más le gusta de todos los que ha realizado para el cine. A Irene le reservó uno de los mejores papeles de su carrera cinematográfica, el de la sufriente y, al final, dolida Clitemnestra. Para encarnar a la inocente Ifigenia buscó una adolescente (Tatiana Papamosju) que no tenía experiencia previa ni en cine ni en teatro y trabajó mucho con ella para lograr conseguir que de ella misma salieran las dos caras tan diferentes del personaje, ingenua y alegre al comienzo de la cinta, valiente y heroica al final, dejando al resto de los personajes a la altura de sus sandalias. Una vez más vemos aquí el sello de Cacoyannis en los enfoques, la cámara al hombro y los movimientos vertiginosos cuando se requieren, los tiempos lentos y los silencios, los planos de tres actores en disposición geométrica, las intervenciones del coro de mujeres, y, como no podía ser de otro modo, su broche final con una interpretación de las dos actrices protagonistas que logra conmover a las piedras. También en esta ocasión se seleccionó la obra de Cacoyannis para que compitiese al Oscar a la mejor película de idioma extranjero (y las malas lenguas aseguran que no ganó a falta de un voto). Sin embargo sí obtuvo premios y distinciones tanto en Grecia (Festival de Cine de Tesalónica) como en diferentes festivales de cine europeos.
Cacoyannis dice que está orgulloso de su trilogía inspirada en Eurípides y bien puede estarlo, porque los que nos dedicamos a estudiar los textos clásicos y las versiones fílmicas que tienen alguna utilidad didáctica para acercarnos a éstos podemos asegurar sin ningún temor a equivocarnos que no hay ejemplos mayores en la historia del cine de cómo la literatura griega puede seguir viva en nuestros días a través de esta manifestación artística. Y, aunque sea en versión original y subtítulos en inglés (hasta que sea rentable para el mercado su distribución con doblaje o subtítulos en español), merece la pena ver estas tres películas y, de paso, leer las obras que en su día escribió Eurípides.














