UNA OBRA MAESTRA QUE REVISA LA CASI MITOLÓGICA FIGURA DE CRISTO REVELANDO SU LADO HUMANO, LO CUAL LA LLEVÓ HACE 16 AÑOS A REPRESENTAR EL PAROXISMO DE LA BLASFEMIA Y LE VALIÓ AÑEJA CENSURA EN MEDIO MUNDO, VENCIDA POR FIN CON SU TAN ESPERADO ESTRENO

FICHA TECNICA
La última tentación de Cristo. Título original: The Last Temptation of Christ. Dirección: Martin Scorsese. Guión: Paul Schrader. Fotografía: Michael Ballhaus. Música: Peter Gabriel. Actúan: Willem Dafoe, Harvey Keitel, Bárbara Hershey, David Bowie y Harry Dean Stanton. Duración: 164 minutos. Estados Unidos, 1988.
Escandalosa en su tiempo, aún ahora para algunos La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) sigue representando el paroxismo de la blasfemia, razón por la cual su realizador, Martin Scorsese, fue excomulgado y arderá eternamente en los infiernos (o por lo menos así lo quiso ver en su momento la alta jerarquía católica).
En muchos países el filme fue prohibido, aunque eso no evitó, como debía ser, que algunas copias piratas circularan, como la que yo mismo pude ver a escondidas en la universidad junto con otros cinéfilos ansiosos de saber el por qué de la censura mojigata a tan polémica cinta del maestro Scorsese.
Gracias a Dios, los tiempos cambian y podemos hacer uso de nuestro libre albedrío para decidir si queremos ver o no La última tentación de Cristo, gracias al DVD.
El filme está basado en el libro homónimo de Nikos Kazantzakis (autor también de la novela Zorba el griego), que se enfoca en los conflictos que pudo haber tenido Cristo en el camino al cumplimiento de su misión divina, poniendo de manifiesto su naturaleza humana con miedos y ansiedades en torno a su porvenir.
De hecho, la mayor y última tentación de Jesús (Willem Dafoe), según el filme, estriba en el onírico supuesto respecto a no morir en la cruz para poder hacer vida marital con María Magdalena (Bárbara Hershey) y vivir una vida mortal como cualquier otro, hasta confrontar la paradoja de su compromiso con la redención humana.
La última tentación de Cristo es una obra maestra en pleno que propone una revisión de la casi mitológica figura de Cristo, acartonada por décadas de filmes de corte mesiánico que han manipulado la historia del nazareno hasta convertirlo en inocua imagen de viñeta arquetípica, una mera pose de supuesta perfección celestial, cuestionada profundamente por Scorsese, quien no por ello prescinde de la fuerza de la fe.
Descarga: “La Ultima Tentación de Nikos Kazantzakis”
OBRAS SOBRE EL MISTERIOSO AMOR DE JESUS Y MARIA MAGDALENA
La teoría de El código Da Vinci no es nueva. Ya en 1951 Nikos Kazantzakis publicó su célebre novela La última tentación de Cristo, que le valió la excomunión de la Iglesia Ortodoxa, en la que presentaba a Jesús como marido de la Magdalena. Más tarde, en 1970, el profesor norteamericano William Phipps escribió la obra ¿Estaba Jesús casado?, afirmando que por el ambiente histórico de su tiempo Jesús necesariamente tenía que haber contraído matrimonio. Y en 1971 la ópera Jesucristo Superstar mostraba a María Magdalena manteniendo una relación afectiva con Jesús y cantando su famoso “No sé cómo amarlo”. Pero quien mejor ha desarrollado el amor sensual entre Jesús y la Magdalena es el escritor portugués José Saramago en su libro El Evangelio según Jesucristo, escrito en 1991.
¿En qué se basan estos autores para defender semejante idea?
LOS DESENCUENTROS ENTRE LA PSICOLOGÍA Y LA TEOLOGÍA
Por Ricardo Capponi
Pontificia Universidad Católica de Chile
1.- Un primer desencuentro, que traigo inmediatamente a colación porque está en la base del objetivo que hoy nos proponemos, se refiere a un asunto que dificulta el trabajo interdisciplinario. Sé que hay muchas variables que influyen en este fenómeno, pero quiero amplificar una sola, con el fin de poner el tema en el tapete: la teología y los teólogos no se exponen, con toda la crudeza que ello significa, a un encuentro con otra área del saber. Y esto está conectado con un tema muy profundo, que pone en conflicto a nuestras disciplinas: “el pecado de pensamiento”.
La concepción de desarrollo mental de nuestra disciplina se basa en la capacidad que tenga la mente para enfrentar todas aquellas difíciles situaciones en el desarrollo del ciclo vital que despiertan deseos, necesidades, angustias, temores y riesgos. Un aparato mental no expuesto, ya sea por sobreprotección paterna o por el uso de mecanismos defensivos sumamente rígidos y férreos que impiden la exposición a estos que podríamos llamar “los demonios” de la mente, es una mente que resultará a lo menos empobrecida, y muchas veces perturbada en su desarrollo.
La identidad auténtica y consistente que se cristaliza a finales de la adolescencia está directamente relacionada con la capacidad del sujeto de haberse permitido ¾y que le hayan permitido¾ interactuar, arriesgarse y, por lo tanto, elaborar todas aquellas situaciones que constituirían lo que en lenguaje teológico podríamos llamar ‘tentaciones’. Y ello porque la resolución de esas situaciones es uno de los más importantes factores que ayudan a constituir una identidad estable, sólida, auténtica y creativa.
Como no soy un conocedor en profundidad del pensamiento teológico, mis reflexiones surgen desde lo que supongo son los fundamentos del pensamiento católico, expresado a través de lo que me llega del pensamiento católico por el magisterio de la Iglesia Católica.
Con relación a este punto, me pareciera que, desde la doctrina católica y la teología que la sustenta, se plantea el desarrollo del alma ¾que sería el análogo a la psiquis¾ basado fundamentalmente en tres variables. Me refiero a: i) las identificaciones imitativas; ii) la obediencia sumisa a una autoridad por un lado idealizada, y por otro, temida; y iii) la evitación voluntaria y consciente de los temas que, explorados hasta las últimas consecuencias, podrían cuestionar el dogma ¾algo así como que una persona “sana” espiritualmente no se hace preguntas impertinentes que arriesguen su fe¾. Estas variables, si bien forman parte de un aprendizaje en la construcción de la identidad, implican un proceso que es más bien propio de las etapas primitivas del desarrollo mental.
Ejemplo de lo dicho es una situación que hasta el día de hoy me resulta incomprensible y que a mi juicio ilustra lo que estoy señalando: la prohibición de la película “La última tentación de Cristo” por las autoridades de la Iglesia chilena. Pero más allá de la prohibición, lo que me parece más grave es la carencia de un debate, de un encuentro interdisciplinario serio entre la fundamentación teológica de dicha prohibición, y la defensa desde nuestra disciplina que estudia los inevitables procesos de pensamiento propios de la condición humana natural cuando busca respuestas a los dilemas e interrogantes que plantea el existir y que en dicho filme se realizan en la persona de Jesús. Este es un tema sobre el cual podríamos hacer variadas y múltiples disquisiciones, pero que requeriría una aproximación más rigurosa, con la confluencia de un trabajo conjunto mucho más fino con ustedes, los teólogos.
La fuerza inspiradora de la teología emana del dato revelado, de la palabra de Dios. ¿Cómo acogemos ese dato, ese mensaje? ¿Desde un autoritarismo sometedor, o lo pasamos por el cedazo de nuestra propia experiencia? Y pasarlo por nuestra experiencia, ¿es experimentarlo desde nuestra naturaleza humana? ¿Qué es ese experimentar? ¿Sentir, actuar, pensar, fantasear? ¿Cómo, por ejemplo, podemos experimentar el odio para comprender y experimentar el amor, en un proceso que no sea destructivo, pero tampoco restrictivo? ¿El mecanismo psicológico que contribuye a sublimar la pulsión sexual está basado en la represión o negación del deseo, por lo tanto la representación sexual no aparece en nuestra mente? ¿O en el sacrificio doloroso que implica la renuncia a la representación placentera que aparece en nuestra conciencia?
En el ámbito de estas interrogantes, planteamos que la disciplina psicológica puede ayudarnos a vivir la experiencia como un evento que nos haga crecer, evitando así el empobrecimiento derivado del no experimentar. Es en este ámbito que echo de menos una reflexión teológica, posiblemente interdisciplinaria, que incorpore los elementos de la psicología moderna con relación a lo que significa contactarse con los conflictos despertados por el deseo y la necesidad anclados en nuestros instintos. Y ello sin recurrir a respuestas precipitadas que saturen rápidamente el conocimiento; respuestas que, más que verdades, son fórmulas destinadas a dar coherencia al discurso, el que adquiere así carácter de pensamiento fanático.
Creo que esto constituye uno de los desafíos más importantes de una universidad católica. E imagino ¾sin estar plenamente seguro de lo que digo¾ que la iniciativa y la denuncia requeridas debieran provenir de la Facultad de Teología.
Entiendo que la dificultad de tal tarea no proviene de falta de ocurrencia. Más bien, se trata de que las consecuencias que acarrea dicho acercamiento llevan a tener que asumir una limitación y finitud de las aspiraciones omnipotentes y de ese saber omnisciente al que la teología apunta, pretendiendo muchas veces desbordar los límites impuestos por la naturaleza de la condición humana precaria. Es una actitud que, en parte, proviene del peso de una tradición eclesial que durante más de 1.500 años de la cristiandad ha sido poseedora, almacenadora y administradora de la verdad y del conocimiento, en iglesias y monasterios.
Hay un segundo factor que incide en la prevalencia de la actitud descrita, relacionado este con la construcción conceptual que es propia de la teología. Ocurre que, con la crisis de la metafísica que tiene lugar a partir de Kant y desde la cual Dios deja de ser accesible (a no ser como postulado de la razón práctica), sumado con que a partir de los métodos históricos se relativiza el ser desde la contingencia, se hace necesario reinterpretar la verdad cristiana. Para hacerlo, la teología se levanta como una ontología férrea y compacta, cuyas concepciones básicas del ser no son cuestionadas. El peso de esta tradición metafísica en la teología aún tiene consecuencias.
Por último, refuerza todo lo anterior el hecho de que el objeto de estudio de la teología es una “verdad mesiánica”. Esta inevitablemente es administrada por un grupo social, que constituye una institución para tal efecto: la Iglesia. Y estando la Iglesia compuesta por hombres, es proclive a las perversiones del poder, el cual ¾por las características de su función¾ ya no busca la verdad, sino la omnisciencia. De esta forma logra administrar la tendencia psíquica grupal de dependencia con mayor capacidad de control.
2.- Relacionado con lo anterior, pero constituyente de un segundo punto de divergencia o conflicto entre la psicología y la teología ¾o desafío que plantea la primera a la segunda¾, está la sobrevaloración que hace el pensamiento teológico católico de lo cognitivo por sobre lo afectivo pulsional.
Cada vez que el pensamiento teológico trata de entender el fenómeno de la agresión destructiva llevada hasta sus últimos extremos, aparece una rápida superposición del predominio necesario del amor por sobre el odio, pero fundamentalmente como un recurso que tapa la posibilidad de abrir la condición humana agresiva, destructiva, envidiosa y narcisista. Y cuando se trata del tema sexual, hace un rápido giro de negación ¾o a lo más un pase entre mágico y misterioso¾ que transforma el deseo sexual en un sentimiento sublimado y de ternura. Esto se traduce en una dificultad para integrar los progresos y aportes de la psicología, de la etología, de la antropología y de la sociología en sus estudios sobre la condición humana, la cual se desborda constantemente en la agresión, el sexo y el poder. Frente a tales dificultades, los aportes de la doctrina católica a problemas contingentes resultan, si bien plagados de buenas intenciones, ingenuos en su contenido, y alejados cada vez más de la concepción antropológica enriquecida por el aporte del conocimiento científico.
3.- Un tercer punto de divergencia entre psicología y teología, también vinculado a los anteriores, dice relación con el desconocimiento por parte del pensamiento teológico respecto de las fuerzas instintivo-pulsionales primitivas ancladas en nuestra filogenia y que determinan en forma sustantiva nuestro actuar. Tal omisión conduce al voluntarismo y, por lo tanto, al desarrollo de una moral más restrictiva que propositiva; una moral, en definitiva, muy poco comprensiva y muy poco misericordiosa.
En el trabajo presentado por el Dr. Juan Pablo Jiménez al 3er Encuentro de Estudio de Masculinidades, “Y a Dios ¿le gusta que hagamos el amor? Notas psicoanalíticas sobre la moral sexual oficial de la Iglesia Católica”, señala que en el Catesismo de la Iglesia Católica publicado en 1992, si bien se reconoce que la sexualidad no tiene solo un fin procreativo, a continuación se despliega una actitud defensiva, de censura, desconfianza y temor, con un insistente llamado al control y a la coerción de la sexualidad. El autor dice textualmente: “Bajo el modelo general de ‘vocación a la castidad’, en el texto se multiplican expresiones tales como ‘dominio de sí’, ‘control de las pasiones’, ‘liberación de la esclavitud’, ‘resistir las tentaciones’, ‘templanza’, ‘obediencia’, ‘esfuerzo‘, ‘tarea’, etc., todas estas propias de una virtud de castidad que se le define como ‘don de Dios’” (n° 2338-2345). No hay valoraciones positivas del goce sexual. Las alusiones al placer solo aparecen, precisamente, en relación con las ofensas a la castidad, definido como lujuria y como “moralmente desordenado” cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión” (n° 2351).